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IG Farben

13 de Enero de 2011

Si es Bayer… ¿es bueno?

Celeste Rosso Frioni, Argentina

Aspirineta, Bayaspirina, Alka Seltzer, Paracetamol, Yasmin, Redoxon. Estos medicamentos se encuentran, quizás, entre los más consumidos y conocidos por la población. Pero la gran mayoría desconoce el pasado oscuro, que mantuvo escondido bajo la alfombra, la empresa farmacéutica responsable de su fabricación y que hoy en día tiene un papel sumamente relevante en mejorar la calidad de vida de los seres humanos: Bayer.

Esta empresa multinacional tuvo sus inicios como una pequeña fábrica en Barmen, Alemania, destinada a producir colorantes para teñir textiles. Fue fundada por el comerciante de pigmentos, Friederich Bayer y su socio, el tintorero Johan Friederich Weskott, el 7 de agosto de 1863. Su crecimiento fue tan rápido, que siete años después de su creación contaba con, además de la fábrica, tres almacenes en Alemania y uno en Suiza.

Luego de la muerte de los dos fundadores, los responsables de la empresa decidieron ampliarla. Es por eso, que en 1881 fundan Friedr. Bayer & Co. En 1897, gracias a los experimentos de Felix Hoffmann, un químico que trabajaba para la empresa, se logró sintetizar el principio de acetilsalicílico o salicina, un remedio que se encuentra en la corteza del sauce. Dos años más tarde, este producto pasó a ser el más importante de la firma y se lo registró bajo el nombre de Aspirina.

Luego de un caos económico que había sufrido Alemania entre 1923 y 1924, Bayer, junto a otras compañías de la industria colorante y sus respectivos accionistas, acordaron fusionarse en una firma totalmente nueva para recuperar el control alemán sobre la industria química mundial que se había debilitado. Estas empresas mantendrían sus viejas marcas y sus áreas de experiencia, pero pasarían a ser parte de una gran organización en la cual estaría al frente el químico e ingeniero alemán Carl Bosch: la Interessengemeinschaft Farbenindustrie Aktiengesellschaft, mejor conocida como IG Farben.

En menos de doce meses, IG Farben contaba con un capital de más de mil millones de marcos y estuvo a punto a convertirse en la compañía más grande del mundo. Años después, y luego de investigar otras áreas de la química, la empresa fabricaba y vendía miles de productos que iban desde drogas y los antiguos colorantes, hasta explosivos y petróleo sintético. De esta manera logró convertirse en un poderoso monopolio que pudo dominar la industria química internacional de una forma nunca antes vista.

Sin embargo, cuando se habla de la IG Farben, las personas que reconocen este nombre, generalmente, la recuerdan por su complicidad en los crímenes cometidos por el Tercer Reich durante la Segunda Guerra Mundial.

El 20 de febrero de 1933, la empresa accedió a financiar parte del partido nazi, otorgándole, días más tarde, 400 mil marcos que sirvieron para financiar las elecciones que finalmente ganaron el 5 de marzo de ese año. Hoy se sabe que IG Farben financió al partido nazi con un total de 80 millones de marcos, además de los materiales estratégicos que necesitaban para expandirse y llevar a cabo la guerra.

Muchos de los científicos que trabajaban en IG Farben, además de cuatro miembros del consejo directivo, eran judíos y fueron obligados a dejar la empresa debido a la exigencia de las nuevas leyes raciales del gobierno. De esta manera, Carl Bosch se vio obligado a la “arianización” de la mano de obra y logró enviar, en secreto, a algunos de sus empleados y colegas al extranjero.
La causa de su relación con los nazis fue que en cierto punto la empresa se vio necesitada de la ayuda del gobierno para no caer en quiebra debido a un proyecto impulsado por el mismo Bosch. Se habían invertido cientos de millones de marcos en un nuevo procedimiento para fabricar petróleo sintético, ya que Alemania contaba con recursos muy limitados de petróleo. Desafortunadamente, la caída del combustible fósil destrozó la estrategia económica en la que se basaba el proyecto. Como consecuencia, Bosch pidió ayuda a los nazis, quienes accedieron a comprar todo el combustible nuevo. De esta manera se le dio comienzo al pacto que marcaría a la empresa para siempre: IG Farben se transformó en un cómplice de la explotación y el genocidio que Hitler aplicó al mundo durante la Segunda Guerra Mundial.

La corporación alemana destinada al control de plagas y parte de la IG, Deutsche Gesellschaft für Schädlingsbekämpfung mbH, conocida como Degesch, produjo el gas Zyklon B, también conocido como Cyclon B, un insecticida a base de cianuro. Consistía en ácido cianhídrico, un estabilizador y un odorante de advertencia. Este pesticida fue utilizado como arma química por los alemanes en las cámaras de gas de los campos de exterminio de Auschwitz y Majdanek. En un principio, el gas estaba destinado a controlar los brotes de tifus, pero en 1940 se usó sobre 250 niños gitanos de Brno, en el campo de concentración de Buchenwald para probar el efecto que tenía sobre ellos y, en septiembre de 1941, se realizó la primera experimentación oficial con este gas, en donde se roció a 600 prisioneros de guerra.

El Zyklon B se echaba sobre las tuberías que se encontraban en el tejado una vez que las víctimas eran encerradas. Este pesticida reaccionaba con la humedad, la cual era causada por la cantidad de cuerpos que se encontraban dentro de la cámara de gas. Las personas sufrían, en primer lugar, sofocación; posteriormente perdían el control de sus esfínteres por la falta de oxígeno. Luego venía la inconsciencia, la muerte cerebral, el coma y finalmente, entre veinte y veinticinco minutos después de ingresadas las dosis del gas venenoso, la muerte.

IG Farben aportó varios millones de marcos (según wikipedia, aproximadamente 1.4 billones de dólares estadounidenses en ésa época) para la construcción del campo de exterminio de Auschwitz y también administró otros campos de exterminio. También, construyó y gestionó una planta química de caucho cercana a Auschwitz, llamada IG Monowitz, que utilizó alrededor de 120 mil prisioneros, los cuales eran forzados a trabajar en pésimas condiciones, además de ser maltratados y mal alimentados. Como consecuencia, y luego de meses de trabajo, los prisioneros morían de hambre o de agotamiento.

La empresa, además, financió y participó en experimentos llevados a cabo por médicos y científicos nazis con los presos de los campos de concentración. Se calcula que entre 50 mil y 400 mil personas fueron torturadas y murieron a causa de estos experimentos. Estos experimentos están divididos en tres categorías, dependiendo el fin que tenían. Había experimentos destinados a la supervivencia del personal militar. En ellos se utilizaban a los prisioneros para encontrar un tratamiento contra la hipotermia, potabilizar agua salada y otros.

Otra categoría tenía que ver con experimentos médicos hechos con el fin de progresar en la raza aria. Uno de los científicos nazis más conocidos es Joseph Rudolph Mengele, que se ganó el apodo de “El ángel de la muerte” ya que le gustaba experimentar y aplicar sus conocimientos acerca de las distintas ramas de la medicina sobre seres humanos. En Auschwitz, Mengele esperaba el tren que traía a los prisioneros en el andén junto a otros médicos. Ellos eran quienes decidían qué presos estaban en condiciones de trabajar, quiénes podían servir como experimentos y también los que iban directamente a la cámara de gas.
Mengele tenía una obsesión personal con experimentar con gemelos: según los estudios que realizó en el Instituto Kaiser Wilhelm de Genética y Eugenesia, creía en la pureza racial, en que trabajando con gemelos podría llegar a descubrir los secretos de la reproducción y así mantener la pureza de los “arios” para poblar el mundo con ellos.

Por otro lado se encontraban los experimentos relacionados con el desarrollo y testeo de nuevos prototipos de drogas, que fabricaba la división farmacéutica de Bayer, y de métodos de tratamiento para las lesiones y enfermedades que podían llegar a contraer los nazis durante su estadía en los campos. Los científicos probaron sobre los presos sueros para la prevención del tifus, malaria, tuberculosis, hepatitis, etc. También se les aplicó gas mostaza, un agente químico utilizado como arma de guerra que causa ampollas en la piel, para encontrar posibles antídotos. Entre los muchos médicos sobresale Helmuth Vetter, quien era empleado de la IG Farben y médico de la SS. En 1943 llevó a cabo un experimento con 200 presos a los que les inyectó en los pulmones unas bacterias llamadas bacilos de estreptococos, provocándoles la muerte por medio de un edema pulmonar. Posteriormente, se incorporó un artículo sobre estos experimentos en una presentación, que era patrocinada por la Academia Médica Militar, acerca de la eficacia de las nuevas drogas que Bayer producía a costillas de los presos de los campos. Años después, Vetter fue ejecutado como criminal de guerra.

De todos los demás empleados de la IG Farben que colaboraron durante el gobierno nazi, sólo 23 de ellos (de alto rango) fueron juzgados por crímenes de guerra y de lesa humanidad ante el Tribunal de Crímenes de Guerra de Nuremberg, conformado por las naciones aliadas vencedoras de la Segunda Guerra Mundial, en 1948. Trece fueron absueltos y entre ellos se encontraba Wilhelm Mann, un ejecutivo que supervisaba las negociaciones con los nazis del Zyklon B y quien consiguió convencer a los jueces que había actuado bajo presión. Dos de los condenados fueron el presidente del consejo directivo de la IG, Carl Krauch y el director de producción, Fritz ter Meer, quien fue condenado a 7 años de prisión por participar en la puesta en marcha de la fábrica de Monowitz. Durante su juicio declaró que “los prisioneros de los campos de concentración no fueron sometidos a un sufrimiento excepcional, porque todos ellos estaban igualmente destinados a ser aniquilados”.

Luego de Nuremberg, la IG Farben fue destruida por las potencias aliadas y de sus restos surgieron tres “nuevas” compañías: BASF, Bayer y Hoechst, que heredaron las propiedades de IG Farben ubicadas en la antigua República Democrática Alemana y en otros lugares de Europa. Por su parte, Bayer volvió a producir medicamentos casi como lo había hecho antes de entablar relación con el gobierno de Hitler. En 1956, y luego de salir de la cárcel, Fritz ter Meer se convirtió en el nuevo presidente de la compañía.

A pesar de que la IG Farben estaba disuelta, era posible comprar y vender sus acciones. Según sus financieros, la empresa podría haber resurgido luego de la caída del muro de Berlín en 1989, pero esta hipótesis cambió totalmente a causa de la controversia, ocasionada un año más tarde, sobre la indemnización que los trabajadores forzados y esclavos sobrevivientes al Holocausto demandaban. Curiosamente, y luego de los reclamos, IG Farben se declaró insolvente.
En la actualidad ninguna de las empresas que resucitaron de los restos de la IG admiten algún tipo de responsabilidad en los hechos nombrados anteriormente, ni tampoco se sienten obligados a pagar una indemnización en memoria de las personas torturadas y asesinadas por los nazis. Según lo denunciado por la organización denominada Coordinación Contra los Peligros de Bayer, la cual se encarga de vigilar a esta empresa para que no viole derechos humanos y medioambientales, las empresas sucesoras siguen sin brindar una indemnización adecuada a las víctimas.

En febrero de 1999, Eva Mozes, sobreviviente del Holocausto y de los experimentos por parte de Mengele, se unió junto a otras víctimas para presentar una demanda contra las compañías farmacéuticas alemanas, incluida Bayer, por “suministrar sustancias químicas tóxicas para los experimentos de los campos de concentración, y por utilizar información obtenida en dichos experimentos para fabricar y comercializar diversas drogas”. Eva declaró: “Emocionalmente he perdonado a los nazis, pero el perdón no absuelve a ningún perpetrador de la responsabilidad de sus acciones. Soy libre. Me niego a seguir siendo para siempre una prisionera de Auschwitz. Soy libre. Pero ellos no lo son y nunca lo serán hasta que asuman su responsabilidad. Hoy son personas diferentes. Ya sé que quienes dirigían la Bayer hace cincuenta años están muertos. Pero la compañía tendría que tener el coraje y la decencia de admitir su pasado”.

Bayer se ha encargado de separarse lo más posible de los acontecimientos ocurridos durante la Segunda Guerra Mundial que los vinculaban con el régimen nazi. Sin embargo hay periodistas, investigadores y médicos, entre otros, que se encargan de sacar a la luz estos hechos, que quisieron ser borrados de la historia y de la memoria de los seres humanos.

Actualmente, a pesar de que Bayer colabora con organizaciones no gubernamentales, participa en el ámbito educativo, en la salud y en la lucha contra el cambio climático como una forma de mostrar responsabilidad empresarial hacia sus consumidores, se encuentra enredada en graves imputaciones.

Parece ser que la empresa lleva a cabo pruebas clínicas de medicamentos nuevos utilizando pacientes como “conejillos de Indias”. Además, falsifican los resultados, ocultan los efectos colaterales y sobornan a los médicos para conseguir su silencio. Un claro ejemplo de esto puede ser el escándalo ocasionado por el Trasylol, un medicamento que es utilizado durante las cirugías de corazón abierto para detener el sangrado. Para realizar estudios sobre cómo actuaba el medicamento en el tejido muscular, los médicos extraían tejidos de los muslos o de los pulmones a pacientes con lesiones graves sin su consentimiento.
A principios de los años setenta, Bayer había financiado estudios en Alemania sobre los efectos que podía tener el Trasylol sobre pacientes en grave estado. Ellos recibían una dosis del medicamento o un placebo al azar. El resultado fue que se encontraron más muertes en los pacientes a los que se les administró Trasylol que a los que se les dio el placebo. Sin embargo, los responsables del estudio dieron vuelta los resultados y se presentó al Trasylol como un medicamento que le salvó la vida a miles de pacientes.

Pero durante 2008, la empresa se enfrentó a varias demandas que manifestaban que el medicamento causó varias muertes y que, además, la compañía ocultó pruebas de que el Trasylol era peligroso. A pesar de sus antecedentes, este medicamento se sigue utilizando en las salas de operaciones.

Por otro lado, Bayer, es uno de los principales pilares que financia las guerras civiles en el Congo, en África, a través de la compra y venta de Tántalo (en África llamado coltan), un elemento metálico raro, resistente al calor y a los ácidos, que es utilizado para fabricar equipos quirúrgicos, armas de alta tecnología, reactores nucleares, lentes de cámaras fotográficas y aparatos de visión nocturna. Este metal se encuentra en minas ubicadas en la zona de conflicto del Congo, es por eso que los Militares y los rebeldes de todas las zonas combaten por obtener el control del lugar. Una vez que el metal es extraído por simples civiles, se lo transporta en aviones rusos que, luego, traen armas para los rebeldes. El ejército protege a las empresas que extraen el metal, al igual que a los civiles y luego se reparten las ganancias. De esta manera se forma un círculo vicioso que no tiene fin.

Uno puede creer que Bayer es la que sale más afectada, pero en realidad estos hechos repercuten sobre los mismos consumidores, quienes pasamos por alto estos hechos o simplemente desconocemos lo que ocurre antes de que el producto llegue a nuestras manos. Quizás esto se debe, en parte, a que los medios de comunicación no tratan demasiado estos temas y se limitan sólo a nombrar los hechos pero no a los culpables. Sin embargo existen grupos que se encargan de seguir los movimientos de la empresa e investigarlos. Muchas de esas investigaciones sirvieron para la realización de varios libros que denuncian estos crímenes contra el ser humano, el mismo consumidor.

Ante todas estas imputaciones, Bayer trata de mantener su “buena” imagen quitándose culpas, atribuyendo estos actos a terceros, borrando de su historial los sucesos anteriormente nombrados o manteniéndolos ocultos a través de negociaciones clandestinas. Paradójicamente, Bayer declara que su misión es ayudar a diseñar el futuro, avanzar con innovaciones que beneficien a la humanidad, que sus valores principales son el respeto por las personas y el medioambiente, la integridad, apertura y la honestidad. A fin de cuentas… si es Bayer… ¿es bueno?

Bibliografía:
Klaus Werner y Hans Weiss: “El libro negro de las marcas: el lado oscuro de las empresas globales”
Diarmuid Jeffreys: “Aspirina. La extraordinaria historia de una droga maravillosa”
http://google.com.ar
http://wikipedia.org
http://ushmm.org
http://cbgnetwork.org
http://bayer.com.ar
http://holocaust-history.org